A excepción de raros y efímeros periodos en que puede ser superado por Marte, Júpiter es el planeta más luminoso observable (desde nuestras latitudes) durante toda la noche.
Aunque menos brillante que Venus , puede resultar más llamativo, ya que cuando se encuentra en oposición al Sol resplandece en un firmamento oscuro y estrellado, y no en el cielo claro del alba o del crepúsculo. Observado a simple vista, se presenta como una estrella sumamente brillante, por lo que resulta casi imposible confundirlo con cualquier otro astro. De hecho, ninguna estrella alcanza la luminosidad de este planeta. Ni siquiera durante los periodos de las conjunciones Sirio, la estrella más luminosa, iguala el brillo de Júpiter. Sin embargo, en estas situaciones el planeta no es visible porque se halla en la misma dirección que el Sol. En la imagen podemos ver Júpiter parecido a como se puede apreciar en el ocular de un telescopio de aficionado, imagen de Surastronómico.
Observándolo a simple vista, además de distinguir su color amarillo, es fácil advertir su movimiento entre las estrellas con el transcurso de los días. Aunque su diámetro es muy grande, la distancia a la Tierra que varía entre 590 y 955 millones de kilómetros, lo hace aparecer como un simple punto luminoso sin dimensiones. De hecho, en las oposiciones más favorables su diámetro angular mide como máximo 50” y es inferior al alcanzado por Venus (60”): demasiado poco para el ojo “desarmado”.
Contrariamente a lo que podría pensarse, ni siquiera unos prismáticos con 6 o 7 aumentos bastan para distinguir el disco, a causa de las aberraciones residuales de estos instrumentos, que lo empastan en una mancha de luz.
Júpiter a través del telescopio Gracias a sus notables dimensiones, Júpiter siempre resulta interesante de observar con un telescopio, aunque sea pequeño. Tal vezl el primer aspecto que llama la atención del observador es el achatamiento del disco, apreciable incluso con instrumentos capaces de apenas 30 o 40 aumentos. Este achatamiento es provocado por la gran masa del planeta, que lo aplasta por los polos.
Para una observación satisfactoria no es preciso disponer de instrumentos grandes ni particularmente potentes, un refractor de 70mm o un reflector de 100mm son suficiones para seguir las principales “vicisitudes” del planeta, ya que su disco ocupa por lo general ángulos de entre 35 y 45”, un valor promedialmente doble del presentado por marte en condiciones favorables. Por este motivo, una potencia de aumento de 100x asegura ya una interesante visión de los detalles del disco.
El máximo aumento recomendable es aproximadamente 1,5 veces el diámetro de nuestro telescopio, ya que con más aumento perderemos detalle y contraste.
Al contrario que sucedía con Venus o Marte, el aumento del diámetro del telescopio redunda en un incremento significativo de la visibilidad y los detalles.
Las franjas de colores paralelas al ecuador que se pueden ver en Júpiter se denominan bandas y zonas; las primeras son las franjas más oscuras, a mayor temperatura y con material ascendente. Las zonas más fías, aparecen más claras y están compuestas por material descendente. Un telescopio de 15cm permite distinguir entre las bandas y los nódulos más oscuros, a veces casi negros, y observar las manchas más claras, prácticamente blancas, denominadas manchas blancas ovaladas”. Con frecuencia, las bandas tropicales aparecen unidas por filamentoso grises y más o menos curvos, aunque con telescopios suficientemente potentes se ven rectos. Con aumentos de 250-300x y aperturas de 15-20cm, es posible observar irregularidades a lo largo del as franjas “encajes” y delicados colores.
En la imagen podemos ver cómo se puede llegar a ver Júpiter con un instrumento de alta calida. Podemos ver claramente las bandas y las zonas con penachos de nubes y muchos detalles. Imagen de Astrolinppx .
La Gran Mancha Roja Sin duda, el detalle más famoso de Júpiter es su célebre Gran Mancha Roja (GMR), también llamada “el ojo de Júpiter”) y es visible incluso con telescopios de 80 o 90 mm. Las sondas Voyager han demostrado que se trata de una formación ciclónica, presente desde hace más de 300 años en la atmósfera del planeta, a 22º de latitud sur.
Además de su longevidad, una de las características de la GMR es su desplazamiento en longitud con respecto a las formaciones circundantes, mientras que parece estable en lo referente a la latitud. Estos desplazamientos no son previsibles y las observaciones de los aficionados han contribuido mucho a su conocimiento.
El trabajo de vigilancia y registro de los aficionados sigue siendo útil en la actualidad, pero para emprenderlo se recomienda una apertura mínima de 100 mm.
|