La posición de la Tierra en la historia PDF Imprimir E-mail
Usar puntuación: / 191
MaloBueno 
Martes, 06 de Mayo de 2008 23:05

Las primeras teorías sobre el origen y funcionamiento del Universo aparecen en la antigua Grecia. Rompiendo con las explicacione smíticas de las civilizaciones anteriores, los grandes filósofos y astrónomos griegos emiten las primeras teorías racionales conocidas sobre la forma de la Tierra y su posición en el Universo.

De la teoría de Anaximandro (siglo VII a.C.) según la cual la Tierra era de forma cilíndrica y estaba rodeada de una neblina en la que de forma ocasional se abrían agujeros y entonces se podía ver que más allá brillaban el fuego y la Luz (estos agujeros de diferentes tamaños eran el Sol, la Luna y las estrellas). A Filolao de Tarento (siglo V a.C.) se debe la formulación de la ida de una Tierra esférica, idea que fue fácilmente aceptada por ser el único modelo capaz de explicar fenómenos como: la desaparición gradual del caso y velamen de los barcos por el horizon y el hecho de que la sombra que la Tierra proyecta sobre la Luna en los eclipses es circular.

Sistema de Anaximandro

En el siglo IV a.C, Platón elaboró una teoría del Universo basada en los siguientes axiomas:

  • La Tierra esférica, ocupa el centro del Universo
  • Los cuerpos celestes son de carácter divino y se mueven en torno a la Tierra con movimientos circulares uniformes

Esta teoría recibe el nombre de Teoría Geocéntrica del Universo. Fue admitida de forma general por la astronomía griega y la del medievo.

Sistema geocéntrico

Platón afimaba que el mundo percibido a través de los sentidos era imperfecto y, como sostenía la idea de la imposiblidad de la creación de un mundo imperfecto, concluía diciendo que la imperfección implicaba irrealidad. Por tanto, Platón postulaba que el mundo sensible es una total ilusión y que para llegar a lo perfecto es necesario acudir al mundo de las ideas. Estas conclusiones tuvieron graves efectos para la ciencia, pues se negaban las observaciones, en las que se apoya la ciencia.

La visión del Universo que daba Platón no explicaba las observaciones de los rizos que los planetas describían en el cielo.

Para explicar estos rizos, Eudoxo de Cnido (408-355 a.C.) amplía el modelo de Platón, introduciendo la teoría de las esferas. Según esta teoría, cada astro es llevado en su giro en torno a la Tierra por una esfera, describiendo así, durante la rotación, un círculo máximo situado en el plano perpendicular al eje de rotación de la esfera; a su vez, los polos de la esfera que lleva al planeta eran llevados por otra esfera concéntrica con la primera que giraba con velocidad uniforme (pero distinta de la de la primera esfera) alrededor de dos polos distintos de los primeros.

En total, Eudoxo necesitó 27 esferas concéntricas para explicar los movimientos del Universo. Aristóteles (384-322 a.C.) aumentó el número de esferas hasta llegar a 55.

Aristóteles, discípulo de Platón, aceptando sus axiomas, añade que el Cosmos está dividido en dos partes, el mundo sublunar y el mundo supralunar. El mundo sublunar, que comprende todo lo que se encuentra bajo la órbita de la Luna, es el mundo terrestre que apreciamos con los sentidos y es el mundo de los cambios y de los movimentos de todo tipo. El mundo supralunar es un mundo de armonía perfecta y los planetas son esferas perfectas dotados de movimiento circular uniforme.

Con el debilitamiento de Atenas, se inicia en la cultura griega la etapa helnística o alejandrina. En Alejandría, ciudad fundada por Alejandro Magno, se creó el famoso Museo de Alejandría, uno de cuyos núcleos fundamentales fue su biblioteca con más de 700.000 volúmenes.

Alrededor del Museo surgió un nuevo tipo de astrónomo: un científico que desarrollaba un verdadero programa de investigación y que valoraba la observación sistemática y cotidiana. Estos astrónomos construyeron numerosos instrumentos, perfeccionaron otros e inventaron diversas herramientas matemáticas que les permitieron llegar a soluciones concretas, expresadas mediante ecuaciones y magnitudes reales.

Entre ellos tenemos a Aristarco de Samos (310-230 a.C), que ideó métodos matemáticos para calcular la relación entre los diámetros de la Tierra y la Luna, la distancia entre la Tierra y la Luna en función del diámetro de la Teirra, y la distancia entre la Tierra y el Sol en relación a la distancia entre la Teirra y la Luna. Los valores que obtuvo son bastante inexactos debido sobre todo a la imprecisión de los instrumentos de medida, pero sus métodos son absolutamente correctos.

Aristarco manteía la idea de un Universo en el que el centro del sistema planetario es el Sol y que en torno a él giran la Tierra y el resto de los planetas excepto la Luna, que gira en torno a la Tierra; es decir, mantenía la teoría de un modelo heliocéntrico. Sin embargo, esta idea era prematura para su cultura y no llegó a cuajar. 

Sucesor de Aristarco fue Eratóstenes de Cirene (273-194 a.C.), cuya mayor aportación fue la de idear un método para medir la circunferencia máxima terrestre y, por tanto, el diámetro de la Tierra.

En el siglo II a.C., Hiparco de Nicea, sin duda el mejor astrónomo de la antigüedad, estudió el movimiento del Sol, y observó que éste no tiene siempre la misma velocidad. Hiparco propuso un modelo según el cual el Sol se mueve en un círculo, que llamó epiciclo; el centro del epiciclo a su vez se mueve en torno a la Tierra, describiendo otro dírculo llamado deferente.

También a Hipcarco se debe el cálculo de la distancia Tierra-Luna, utilizando el diámetro de la Tierra calculado por Eratóstenes y la relación de Aristarco.

En el siglo II de nuestra era, Claudio Tolomeo continuó el trabajo de Hiparco, pero necesitó postular la existencia de 40 círculos encajados unos dentro de otros y girando al mismo tiempo. El sistema de Tolomeo reproducía los movimentos observados de los planetas con bastante exactitud, pero las curvas que describían estos eran muy complicadas.

Las leyes de Kepler

KeplerLa época del Renacimiento significó el resurgir de la mayría de las ciencias y, entre ellas, el de la astronomía.

Durante la Edad Media, el modelo del Universo admitido era el geocéntrico de Tolomeo y los cuerpos celestes aceptados como planetas en orden creciente de distancias a la Tierra eran: la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter y Saturno.

Este sistema era excesivamente complicado y, a pesar de todo el aparato matemático que se había desarrollado a partir de esta teoría, no era muy útil para predecir las posiciones de los planetas con cierta antelación.

El astrónomo polaco Nicolás Copérnico (1473-1543) pensó que los cálculos para determinar las posiciones planetarias se simplificaban notablemente si se consideraba al Sol, en vez de a la Tierra, como centro del Universo. Esto implicaba que los planetas podían girar alrededor del Sol y que la Tierra se comportaba como un planeta más.

Copérnico no sólo lanzó la idea, sino que, además, trabajó sobre el sistema matemático que permitía calcular las posiciones de los planetas, basándose en que éstos giraban alrededor del Sol con movimiento circular uniforme.

Esta concepción del Universo es contraria a la Biblia y a las teorías de Aristóteles, por lo que la mayoría de los contemporáneos de Copérnico sólo la aceptó como un nuevo esquema de trabajo para calcular posiciones y no como una descripción real del Universo. El mismo Copérnico se resistió a publicar su obra De revolutionibus orbium caelestium, que fue publicada póstumamente en 1543.

El astrónomo alemá Johann Kepler (1571-1630), utilizando las precisas medidas de las distancias de los planetas al Sol (sobre todo de Marte) realizadas por Tycho Brahe (1546-1601), llegó a la conclusión de que tales medidas no se adaptaban a una trayectoria circular, por lo que buscó otra curva que se ajustara, y encontró que los datos encajaban para una elipse con el Sol situado en uno de sus focos, estableciendo la que se conoce como primera ley de Kepler:

Los planetas se mueven describiendo órbitas elípticas alrededor del Sol, encontrándose éste en uno de los focos de la elipse.

Primera ley de Kepler

Para Kepler esto representaba un enorme dilema, ya que como monje, desmontaba todas las creencias que durante 2000 años se habían establecido y que la Biblia daba como verdad absoluta. Sin embargo, Kepler, prefirió quedarse con la verdad y lo publicó en un libro llamado Astronomía Nova en 1609.

Última actualización el Miércoles, 07 de Mayo de 2008 17:56