| NEOS - Asteroides cercanos a la Tierra |
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| Sábado, 02 de Febrero de 2008 08:05 | |||
La población de pequeños objetos asteroidales que vagan por el sistema solar, interno es interesante por muchos motivos. En primer lugar, los asteroides cercanos representan una posible fuente de meteoritos y de proyectiles capaces de generar los grandes cráteres y las estructuras de impacto que se observan en la Luna y en los cuatro planetas terrestres; conocer el número de los proyectiles en los distintos intervalos de dimensiones y la distribución de sus parámetros orbitales puede servir para determinar con mayor precisión la frecuencia de los impactos y contribuir, indirectamente a la elaboración de una cronología relativamente precisa de las superficies planetarias craterizadas (en la medida en que las superficies con mayor densidad de cráteres son más viejas que aquellas en las que los cráteres han sido borrados o han quedado sepultados por procesos endógenos).En lo que respecta a nuestro planeta, el descubrimiento de una anómala abundancia de iridio en los estratos geológicos datables en el límite entre los periodos Cretácico y Terciario (hace unos 65 millones de años) permite suponer que el impacto de asteroides cercanos puede haber desempeñado un papel decisivo en el desencadenamiento de las grandes extinciones en masa de especies animales y vegetales que han caracterizado la evolución de la vida en nuestro planeta. La perspectiva de un impacto futuro podría representar, así mismo, un riesgo para la civilización humana. Vidas breves y peligrosasOtro motivo de interés es de tipo marcadamente astronómico. A causa de las perturbaciones a que están sujetas sus órbitas -ya sea durante periodos breves, por encuentros cercanos con los planetas terrestres, o durante periodos largos, sobre todo por la influencia de Júpiter-, las direcciones de los asteroides cercanos cambian continuamente de forma caótica, lo cual determina que no puedan sobrevivir por término medio mucho más de 200 millones de años antes de chocar con un planeta. Considerando que este intervalo representa menos del 5% de la edad del sistema solar, y teniendo en cuenta que la tasa de impactos contra los planetas se ha mantenido constante en los últimos 3.000 millones de años, se ha deducido que los asteroides cercanos no pueden haberse originado durante la formación del sistema solar; por el contrario, deben de ser continuamente producidos y colocados en sus órbitas relativamente efímeras por algún proceso todavía activo. Esta especulación ha dado pie a un encendido debate entre quienes sostienen que son fragmentos originados en la franja entre Marte y Júpiter, por colisiones recíprocas entre los numerosos asteroides que allí oribitan, y quienes los consideran probables núcleos "muertos" de cometas de periodo corto, que han agotado ya sus reservas de materiales volátiles. Muchos astrónomos piensan que las dos hipótesis podrían ser válidas para distintos grupos de la población de asteroides cercanos. Objetivos fácilesFinalmente, existen aspectos de naturaleza más práctica. Varios asteroides cercanos son objetivos ideales para misiones con sondas espaciales, ya que para alcanzarlos haría falta menos combustible que para llegar a la Luna. Las investigaciones sobre sus propiedades espectrofotométricas (es decir, sobre los colores de la luz solar reflejada por ellos) han revelado además que en muchos de estos cuerpos abundan elementos tales como el carbono y otros metales, así como ciertos compuestos químicos, como el agua, de los que la Luna prácticamente carece y que resultarían sumamente útiles para la construcción de grandes estaciones espaciales. Gracias a su reducida gravedad, los asteroides cercanos podrían ser prometedoras minas de materias primas para las actividades espaciales del futuro. Riesgos de colisiónLos asteroides cercanos se clasifican en tres categorías principales según sus parámetros (o elementos) orbitales: objetos Amor, objetos Apolo y objetos Aten, por el nombre de los tres prototipos. En el perihelio, las órbitas de los asteroides Amor alcanzan una distancia al Sol comprendida entre 1,017 y 1,3 unidades astronómicas (UA). puesto que la órbita de la Tierra se sitúa entre 0,983 y 1,017 UA del Sol, los objetos Amor llegan a atravesar la órbita de Marte, pero no la de la Tierra. Los objetos Apolo, en cambio, tienen en el perihelio distancias inferiores a 1,017 UA y, por lo tanto, pueden atravesar la órbita de la Tierra; sin embargo, su semieje mayor supera 1 UA, lo cual significa que su periodo orbital dura más de un año. Finalmente, los objetos Aten (desconocidos hasta 1976) tienen un semieje mayor inferior a 1 UA y, en consecuencia, pasan la mayor parte del tiempo en la zona de espacio interior a la órbita terrestre. ![]() La pertenencia de uno de estos objetos a una de las tres categorías no queda establecida de una vez para siempre, ya que sobre periodos del orden de 100.000 años las órbitas pueden modificarse drásticamente. Para prever estos fenómenos, y por lo tanto la frecuencia de los impactos con nuestro planeta, es preciso simular numéricamente las órbitas con un ordenador. Este tipo de investigaciones han permitido establecer que entre todos los objetos Aten, Apolo y Amor conocidos, por lo menos un centenar pueden atravesar la órbita de la Tierra; algunos objetos en particular presentan mayores probabilidades de impacto que la media. Alrededor de tres o cuatro veces por millón de años, nuestro planeta recibe el impacto de un proyectil de más de 1 km.
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La población de pequeños objetos asteroidales que vagan por el sistema solar, interno es interesante por muchos motivos. En primer lugar, los asteroides cercanos representan una posible fuente de meteoritos y de proyectiles capaces de generar los grandes cráteres y las estructuras de impacto que se observan en la Luna y en los cuatro planetas terrestres; conocer el número de los proyectiles en los distintos intervalos de dimensiones y la distribución de sus parámetros orbitales puede servir para determinar con mayor precisión la frecuencia de los impactos y contribuir, indirectamente a la elaboración de una cronología relativamente precisa de las superficies planetarias craterizadas (en la medida en que las superficies con mayor densidad de cráteres son más viejas que aquellas en las que los cráteres han sido borrados o han quedado sepultados por procesos endógenos).





