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Saturno era el “altísimo planeta” de los antiguos, el más lejano conocido hasta 1781. Su lento movimiento y el color plúmbeo de su superficie indujeron a los antiguos a asociarlo con los dolores más intensos y con los caracteres tristes melancólicos.
A simple vista aparece como una estrella muy luminosa, semejante a Proción o Altair, a ya que su magnitud varía entre +1,4 y -0,3, pero se diferencia de las estrellas propiamente dichas por la ausencia de titilación.
Los anillos contribuyen mucho a la luminosidad total: cuando se presentan orientados hacia la Tierra, Saturno resplandece mucho más intensamente. El primer dato de la magnitud (+1,4) no corresponde a la mayor distancia del planeta, sino a la posición “de perfil” de los anillos, y el segundo dato no es la menor distancia de Saturno, sino el de la máxima apertura de los anillos.
El periodo de buena visibilidad, es decir, de suficiente distancia angular del Sol, dura unos 8 meses al año. Sin embargo, todo lo que puede apreciarse a simple vista de esta maravilla celeste, aparte del color grisáceo, es su lento movimiento entre las estrellas, que hace que regrese a la oposición con un retraso de 13 días todos los años.
También a simple vista, se puede observar (durante varios días) que nunca se separa más de 3º de la eclíptica. A través de los instrumentosEl uso de unos prismáticos corrientes, como un 7x50 o un 10x50 no mejora mucho la situación; en el límite de la capacidad de estos instrumentos se nota que el planeta presenta una forma ovalada, como la de una aceituna. De hecho, los prismáticos comunes tienen una capacidad de aumento semejante a la que poseían los primeros anteojos astronómicos de Galileo, con los cuales el gran observador no consiguió descifrar la verdadera naturaleza de Saturno como “planeta de los anillos”. Incluso unos prismáticos bastante potentes, por ejemplo de 20 o 30 aumentos, sólo pueden revelar el anillo como dos “asas” a los lados del planeta si son de buena calidad; de lo contrario, lo único que se ve es un óvalo grande. Interpretación de Galileo sobre los anillos de Saturno. Christian Huygens hizo una interpretación algo más exacta que Galileo, gracias a que utilizó instrumentos algo más potentes. Cassini ya descubrió una división entre los anillos y realizó observaciones concluyentes sobre la auténtica naturaleza de Saturno. Lo mismo puede aplicarse a los pequeños catalejos para observaciones terrestres, que a causa del sistema para enderezar la imagen y de la calidad a veces mediocre de los objetivos, no pueden compararse con los pequeños telescopios.
Un telescopio modesto, como un refractor de 60 mm es ya suficiente para disfrutar con la contemplación del planeta. Al espectáculo contribuyen el brillo contenido, que no pone de relieve las aberraciones cromáticas residuales de ciertos instrumentos, y el hecho de que este planeta tolera grandes aumentos.
Con telescopios pequeños, conviene utilizar para la observación de Saturno entre 120 y 150x.
A través de sus oculares se dibuja una imagen pequeña, pero que revela ya algunos detalles. Se distingue la coloración marrón cremosa del globo, la franja ecuatorial clara y la diferente intensidad de brillo a lo largo del anillo (hablamos de un anillo, porque todos aparecen como fundidos en uno solo).
Durante el periodo de desaparición de los anillos se vuelve evidente una característica que queda completamente oculta durante los años en que el globo se presenta inclinado con respecto a la Tierra: el pronunciado achatamiento polar. El achatamiento es de 1/10, porque tal es la diferencia relativa entre los valores del diámetro ecuatorial, y quien tenga la suerte de poseer o de tener acceso a telescopios más potentes quedará encantado ante la visión del planeta que estos instrumentos pueden ofrecerle cuando la atmósfera está serena.
El globo revela tenues coloraciones y nuevas franjas y bandas que antes no eran visibles; finalmente, en las condiciones atmosféricas más favorables y con los telescopios más potentes, capaces de ofrecer por lo menos 400x, es posible percibir irregularidades muy sutiles y evanescentes sobre las mencionadas franjas bandas.
Pero a pesar de su belleza, Saturno no es un objeto muy activo ni especialmente adecuado para el estudio sistemático. De vez en cuando aparecen en su atmósfera grandes manchas claras. A través de telescopios relativamente potentes, podemos distinguir detalles especialmente en los anillos. Algunas bandas pueden distinguirse en el planeta también y algunas formaciones nubosas grandes.
Los anillos Si bien la visión de Saturno a través de un buen instrumento causa una impresión inolvidable por las ligeras ondulaciones atmosféricas, que contribuyen a crear la impresión de una imagen viva y palpitante, la característica más espectacular del planeta son sus maravillosos anillos.
Descubiertos por C. Huygens en 1655, los anillos observados a través de un buen instrumento de aficionado se resuelven en tres partes. La más externa, o anillo A, se ve fina y no demasiado luminosa. Una línea oscura la separa de la más brillante, o anillo B. Esta línea, denominada división de Cassini por el nombre del astrónomo que fue el primero en observarla en 1675, suele utilizarse como prueba para determinar la capacidad óptica de un telescopio. En el interior del anillo B, se aprecia otro, menos brillante, denominado anillo C o “anillo velo”, por su aspecto translúcido. Desde la Tierra, con un telescopio de mediana potencia, se distinguen en total tres anillos. Sólo con instrumentos excelentes, es posible descomponer el anillo A en dos partes, separadas por la sutil división de Encke, y en el B se vuelven visibles ulteriores subdivisiones y estructuras radiales. En este último anillo, en los años 50, el astrónomo A. Dollfus descubrió hasta 111 subdivisiones con el refractor de 60 cm de Pic du Midi.
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